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Aprender a escuchar consiste en
concentrarnos, en evitar que nuestras opiniones y creencias
interfieran en lo que escuchamos y en desconectar el parloteo
interno. Luego podremos decidir si vamos a usar o explorar mejor la
información que recibamos. Lo que no nos parece importante puede
serlo para el que nos habla.
Recordamos el 5% de lo
escuchado, el 25% de lo que vemos y el 90 % de lo que hacemos. Por
lo tanto, aprendamos a escuchar activamente, es decir a convertir la
escucha en acto. Escuchando y preguntando podremos ser la esponja
que absorba el conocimiento y el trampolín de las nuevas
ideas. Tenemos dos orejas y una sola lengua, es para escuchar el
doble de lo que decimos.
Sócrates rea hijo de una partera
y partero de las almas fue el gran maestro de la escucha e
interrogaba con preguntas: ¿qué es la belleza?, ¿qué hace que lo
bello sea bello? Las respuestas de sus interlocutores eran cada vez
más breves hasta que finalmente reconocían su ignorancia. Sócrates
dijo "sólo sé que no se nada", era partero de ideas pero no podía
dar a luz: cada persona lo hacía si aprendía a “conocerse a sí
misma”.
Hay que aprender
escuchar la voz interior para saber lo que uno quiere y así poder
motivarse. El
aprendizaje es progresivo: reproducir el contenido, decirlo con
otras palabras, descifrar emociones, sintetizar. El sonido más
melodioso para el oído es escuchar el nombre propio.
Al escuchar hay que
demostrar interés dando feedback, repreguntando, mirando a la
cara, tomando notas. La clave es no alterar el mensaje con ideas
propias. Saber escuchar es la clave para construir redes
de comunicación, redes de expertos, redes de conocimientos y redes
de confianza.
Podemos oír bien y no saber escuchar.
Las habilidades tradicionales de la escucha como: no interrumpir,
asentir con sonidos o expresiones faciales y parafrasear; sirvan
para demostrar que se atiende, pero se precisa desarrollar una
escucha activa para ser un buen coach.
Esto no consiste en
quedarse callado, sino en realizar preguntas constructivas y
disparadoras. El diálogo debe ser de ida y vuelta, sin rivalidad y
creador de una experiencia positiva para ambos. El buen oyente
genera diálogos cooperativos y el mal oyente busca errores para
atacar.
Ser esponjas o
trampolines. Un
ambiente comunicacional propicio requiere que exista un lugar para
el desacuerdo, que el que habla sienta que el otro está tratando de
ayudar y no de ganar una discusión. Hay que hacer sugerencias y
abrir perspectivas, sin tratar de imponer pensamientos.
Hay quienes escuchan como
esponjas, absorben lo que oyen, en silencio y soledad, algunos en
forma egoísta, para elegir lo que les sirve. Otros actúan como
trampolines, donde las ideas emergen y saltan, se armonizan, cambian
de perspectiva, toman envión y ambos se enriquecen.
No todas las
conversaciones requieren igual atención. Para que funcione la
escucha hay que crear el contexto para exponer con libertad y evitar
distracciones, ponerse al servicio del que habla y esforzarse por
comprenderlo. Hay que analizar pistas del lenguaje no verbal, buscar
empatizar con las emociones que transmite sin juzgarlas y
preguntando para clarificar y desafiar supuestos, pero en ningún
caso para boicotear.
Se trata de brindar
energía, de ser la plataforma de lanzamiento para que tome impulso,
gane altura y amplifique sus mirada antes de la zambullida.
Un mero encuentro de orejas
no equivale a la virtud ni al valor trascendental que significa un
encuentro de almas.
Diálogo de sordos.
Vivimos rodeados de sonidos que se disfrutan e informan. Los sordos
pueden vivir sin ellos, se adaptan, se hacen más visuales, la piel
les transmite mejor lo que los rodea. Aun cuando falte la voz, la
comunicación, eso que nos hace humanos, se abre camino. Lo que
pensamos y sentimos se apropia del cuerpo. Si la patria es la
lengua, a las personas sordas, la lengua de señas los une, derriba
diferencias, los hace pertenecer a una comunidad. Antes se
consideraba a la sordera como enfermedad a curar. Los sordos eran
locos sin derechos y entonces se los escondía o encerraba. En la
Edad Media la Iglesia se interesó por ellos y empezaron a
desarrollar métodos de enseñanza.
Aquí, en los colegios del
siglo pasado, llegaban chicos del interior, como pupilos, y fue
naciendo entre ellos la lengua de señas. No hace falta más que
juntar a dos personas sordas para que la comunicación surja. Es una
lengua completa, con su propia gramática, pero necesitan del
castellano para relacionarse con la sociedad de oyentes, estudiar y
trabajar. La comunidad de sordos los encuentra, los une, los
contiene, les da una lengua y un lugar de pertenencia. Allí luchan
por sus derechos, buscan mejorar su calidad de vida y respuestas a
sus problemas.
Ellos perciben el mundo de
manera diferente y desarrollan costumbres distintas. Eso es parte de
su cultura. Exigen voz y voto en lo relacionado a la educación, que
ha sido siempre una decisión de las personas oyentes. La mayoría
responde que sienten la discapacidad cuando deben interactuar con
personas oyentes, pero son parte de un colectivo cuando están entre
los suyos. No es fácil, no es imposible, allí tienen voz y no son
invisibles.
Cómo escuchar las emociones.
Hay que educarlas, esto implica reconocerlas, ponerlas en palabras y
permitirles la descarga.
Un niño de
5 años dijo: Cuando los reyes magos me trajeron la bicicleta lloré y
así tuvo claro que correspondía a un momento de mucha alegría. Para
este niño varón era legítimo llorar. Nadie le había
dicho “los hombres no lloran” o “no seas maricón”. Estaba
aprendiendo a gestionar una emoción. Sintió, lo puso en palabras,
advirtió la causa, dejó salir la descarga y se alivió. A un niño de
10 años su perro fue atropellado por un auto. Al día siguiente llevó
su foto a su maestra y ella le dijo “lo tendrías que haber cuidado”. El
niño guardó su foto y su dolor. No hubo espacio para
que pudiera hablar de lo que le sucedía. Se obturó la posibilidad de
tramitar la emoción saludablemente. Al día siguiente se enfermó.
Emociones de dolor
y de alegría.
Cuando la puesta en palabras se detiene, impedimos decir lo que
sucede, les tapamos la boca. Tramitar las emociones es un
aprendizaje secuencial que atraviesas etapas a medida que se crece.
En el proceso interviene también lo cultural, las creencias, los
prejuicios y los mitos. No siempre el sentir está legitimado o
valorado. Y no se aprende el lenguaje emocional cuando, durante el
crecimiento, enseñamos que llorar es malo, en vez de considerarlo
como un bálsamo para el alma, así como la lluvia beneficia la
siembra. Tampoco sirve enseñar que hay que olvidar lo negativo, en
vez de transformarlo; así como se trabaja la tierra para que sea la
madre nutricia de las semillas. Si enseñamos que dar prioridad al
sentir sobre el pensar, es señal de debilidad y sensiblería,
los endurecemos como la tierra cuando no se la trabaja.
Para llegar al bienestar
revisemos nuestro modo de gestionar las emociones, perdamos el temor
al dolor y contactémonos con él para transformarlo y aprender a
poner en palabras lo
que nos sucede. La alegría y el dolor son necesarios para tejer el
bienestar. Cuando no logramos atravesar el dolor, ese
dolor se pudre y se transforma en sufrimiento.
No se trata de olvidar, por el contrario es bueno recordar,
transformar y seguir creciendo.
La memoria es a las
emociones como la tierra a las semillas. Cuanto más preparamos la
tierra, mejor crecerán las semillas que plantemos. Si tomamos
nuestras experiencias dolorosas trayendo nuestra memoria al
presente, y las transformamos, las emociones serán frutos de nuestra
vida. Tal como afirma un proverbio “No hay que quedarse esperando
que pase la tormenta, hay que aprender a bailar bajo la lluvia”.
La
pregunta adecuada.
Una de las virtudes
de la charla es la
paciencia. Todo el tiempo estamos rodeados de consultas o preguntas
sobre muchos temas, que suelen repetirse una y otra vez. Hay que
tener amabilidad para dar una respuesta adecuada y precisa para cada
ocasión.
Las consultas tecnológicas
son un caso aparte, hay que ser lo más didáctico posible. Y aun así,
las preguntas siempre se repiten. En algunos casos, la simple
presencia física parece darles una seguridad adicional para la
aparente torpeza o pereza que tienen. Sin ser descortés, una
consulta más desarrollada siempre será mejor correspondida. ¿Qué
celular me compro? Depende de las necesidades y expectativas de cada
uno.
Lo que más sirve es que la
pregunta venga acompañada de una investigación previa. Para todo
eso, existe el buscador Google. ¿No?
Escuchar es un arte.
Saber escuchar se ha transformado en una destreza a entrenar.
La comunicación hizo de la indefensa criatura humana el dominador
de la naturaleza. Sin embargo, se puede hablar sin saber decir y oír
sin saber escuchar. Quizás, el hombre fue dotado con tres orejas -
dos oídos y un corazón - para saber escuchar en lugar de atender
sólo lo necesario para retrucar, ignorar o fingir que se está
prestando atención.
El que sabe
escuchar mejora la calidad del diálogo. Sólo el 7 % de la
comunicación es verbal, porque las emociones se expresan en formas,
tonos de voz, expresiones y ademanes que hay que poder entender. Por
eso hay que observar más lo que se hace que lo que se dice. No
basta con simpatizar con el interlocutor que es estar de acuerdo, en
la empatía existe el valor agregado de sentir lo que el otro siente,
saber lo que le pasa, detectar la congruencia entre lo que dice,
piensa y corporiza. La empatía crea sintonía y llega al altruismo,
a la destreza social y al liderazgo.
¡Qué placer es estar con alguien así! Los
hombres son actores que expresan el libreto que la cultura les
permite. Pueden minimizar, exagerar o disfrazar emociones para no
herir. Esa capacidad produce un impacto, las emociones contagian y
se transfieren como un virus. Quien sabe escuchar estas señales,
incrementa su poder de persuasión que se mide por el grado de
influencia. Los que se "meten en el bolsillo a la gente" arman
agendas, median en conflictos, porque saben conectarse. La clave es
aprender a realizar un identikit auditivo.
Una ética para la disputa. Hay
diálogos por intereses que generan un doble discurso y modelos
defensivos. Entonces escuchamos tan solo lo que queremos escuchar.
Tomar conciencia de eso facilita el diálogo constructivo, coherente
y verificable. No sólo hallar se trata de la verdad sino de alcanzar
metas como autoestima, confianza y competencia.
Muchas empresas y
gobiernos no escuchan la demanda de desarrollo personal, social y
económico, ni buscan disminuir la brecha digital. Entonces la gente
no incorpora el enorme diferencial simbólico de la apropiación
tecnológica. La crisis suele ser la excusa para la falta de
políticas.
Conócete a ti mismo. Saber
escuchar la voz interior es la destreza máxima, ya que, para quien
no sabe lo que quiere es indiferente el camino que elija. El peligro
es tratar de gustar perdiendo fidelidad con uno mismo. También hay
que saber compartir y contagiarse de las alegrías de los demás
y contener sus angustias. Quien no escucha vende productos, quien
sabe escuchar vende soluciones. Las mejores empresas son las que
escuchan al cliente porque la información les permite transmitir el
mensaje apropiado cuando les llegue el turno de hacer uso de la
palabra.
Poner la oreja. La
sensibilidad crece en estado de calma. La credibilidad sube al
entregarse al otro para influir después, en lugar de limitarse a dar
consejos sabios. Saber escuchar exige no juzgar, crear un espacio de
silencio para responder, sabiendo manejar las propias emociones.
Saber escuchar es conocer tanto al interlocutor como para decir:
"Lo que tú eres resuena tan
fuerte en mis oídos que no puedo escuchar lo que me dices".
El diálogo apreciativo.
El cerebro, como el
paracaídas, sólo funciona cuando se abre. El diálogo apreciativo
genera el hábito de focalizar los circuitos neuronales en lo
positivo, con eso se desarrolla el optimismo, en términos de
persistencia, el poder personal, el impacto y la influencia.
La tentación de
focalizar en lo negativo y de justificarse siempre acecha, porque el
cerebro es especialista en corregir, en centrarse en los errores, en
lo negativo, por ello es fundamental contar con un liderazgo
positivo, poniendo la atención en transformar los círculos viciosos
en virtuosos.
El diálogo apreciativo
obtiene lo mejor de las personas, equipos y sistemas. Al acentuar lo
positivo lo hace crecer. Dijo Demóstenes: las palabras se
convierten en hechos o no sirven para nada. Pero hay una verdad
de Perogrullo, para aprender a hablar primero hay que aprender
escuchar.
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*CEO de Ilvem. Mail de contacto: horaciokrell@ilvem.com.
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