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Según la teoría de las
inteligencias múltiples tenemos un genio interior con un tipo de
inteligencia distinto y específico. Sin embargo muchos pasan por la
vida sin descubrirlo o sin poder concretarlo en realizaciones y
logros. Kant creía que el espacio era una representación a priori,
anterior a la experiencia, pero las neurociencias descubrieron que
el cerebro tiene su propio gps para moverse en el mundo. En
la corteza entorrinal las neuronas forman un sistema de coordenadas
en red para orientarse en el espacio y se comportan como células de
lugar. Esta denominación surgió de un experimento con ratas en una
habitación. En su hipocampo las células formaban un grid
(rejilla).
El cerebro tiene 90.000
millones de neuronas y el sistema de navegación interno le permite
establecer dónde está, cómo moverse de un lado a otro y almacenar la
información para repetir el mismo recorrido. Esas neuronas hablan
entre sí a través de sinapsis que las conectan.
Saber ubicarnos en el
espacio es indispensable para sobrevivir. Lo primero que hacemos
siempre es localizar nuestra posición espacial, saber dónde estamos
en relación a otros lugares, para poder ir de un sitio a otro. Para
movernos trazamos un vector imaginario desde la propia posición
hasta el objetivo. Si no pudiéramos hacerlo no podríamos buscar agua
o alimentos. No se puede pensar en la evolución sin considerar el
espacio. Es tan importante como el alimento. Es esencial.
La memoria que usamos
diariamente está muy relacionada con la concepción del espacio. En
la enfermedad de Alzheimer desaparecen la habilidad para encontrar
un rumbo en el espacio y la memoria. Un daño en el hipocampo, afecta
tanto a la categoría espacial como a la memoria. El sistema que
activa las células grid sirve para calcular espacios y para
almacenar recuerdos. El hipocampo puede almacenar mapeos,
publicaciones geográficas de las experiencias.
Hay diversas causas de
la desorientación. Puede ser también un problema de atención que
trabe la habilidad espacial. Se necesita inteligencia global para
aplicar bien este sistema de posicionamiento.
Inteligencia espacial.
La inteligencia
espacial es el
conjunto de habilidades mentales relacionadas directamente con la
navegación y la rotación de objetos en nuestra mente (es
decir, su visualización imaginaria desde distintos ángulos). Por
tanto, la inteligencia espacial se llama así porque está involucrada
en la resolución de problemas espaciales, ya sean reales o
imaginarios.
De nuestro nivel de inteligencia
espacial dependerá nuestro éxito en tareas
como conducir y aparcar un coche, construir una maqueta, orientarse,
darle instrucciones a otra persona que ve las cosas desde otro
ángulo o manejar herramientas más o menos complejas.
Otras actividades menos frecuentes en
las que la inteligencia espacial está fuertemente involucrada son,
por ejemplo, aquellas en las que se debe esculpir una forma en un
material o hacer un plano de una estructura. Por ello, tanto
arquitectos como escultores tienden a mostrar buen nivel de este
tipo de inteligencia. Este modo de ubicarse
correctamente en el espacio se habría desarrollado en los mamíferos
tempranos. De otro modo no habrían podido reproducirse ni obtener
comida. Pero una vez que el cerebro ha desarrollado este sistema,
puede usarlo para otras cosas, por ejemplo para espacios
conceptuales, es decir, para ideas, o para redes sociales. Es muy
probable que el cerebro humano utilice este sistema de diversos
modos. Las emociones se procesan en otras partes del cerebro pero
dialogan con la corteza cerebral por lo cual podríamos decir que
están relacionados.
El sistema que activa
las células grid se representa como un gps cerebral,
pero se activa y es más importante para las distancias cortas que
para largos trayectos. No usamos gps para ir a la cocina.
Espacios futuros.
El desafío del presente son los trabajos del futuro ante la
destrucción de empleo por las nuevas tecnologías y que van a
requerir roles muy diferentes. La pregunta del millón es ¿cómo
activaremos nuestra inteligencia espacial para actuar en un espacio
desconocido y que produce temor e incertidumbre? Como el cambio no
será de un día para el otro, eso nos da tiempo para prepararnos,
pero prepararnos ¿para qué? El cerebro no puede predecir el futuro,
pero además de eso, tenemos una cierta miopía del futuro que nos
lleva a desatender las alertas y seguir adelante sin hacernos cargo
de que 2 de cada 3 trabajos actuales dejarán de existir.
Antes se buscaba
desarrollar las habilidades duras, el conocimiento técnico, la
perseverancia y cumplir las normas. Hoy y más todavía en el futuro
son más importantes las habilidades blandas, el trabajo en equipo,
la empatía y la resiliencia. La clave será la flexibilidad, el
aprendizaje continuo, la creatividad, la innovación y la capacidad,
ya no de cumplir, sino de romper las reglas.
El cerebro ya no deberá
importarle tanto posicionarse para aprender cosas específicas sino
para desarrollar la capacidad de seguir aprendiendo siempre e
incentivar su creatividad, a través de la neuroplasticidad, que es
el modo que posee para reinventarse a sí mismo. Si bien no se puede
adivinar el futuro se lo puede anticipar generando hipótesis sobre
los cambios que se avecinan en la propia actividad profesional y
planificar acciones a realizar ante los escenarios alternativos.
El conocimiento de la
vocación es el motor del deseo de realizarla, lo cual nos convierte
en posibles inventores del futuro deseado y en los arquitectos de
nuestro propio destino. Para eso es importante darle prioridad a la
propia formación y a entrenar las habilidades que se necesitan para
lograrlo.
El trabajo esencial es
sobre uno mismo y consiste en prepararse para seguir aprendiendo
siempre y para romper las reglas que obstaculizan el crecimiento.
Si lo puedes soñar, lo puedes hacer.
La creatividad es la capacidad de la mente para producir algo nuevo. En
un programa informático de ajedrez, por ejemplo, cada jugada posee
“su espacio de búsqueda”, y tiene como límite las reglas del juego.
El alfil sólo puede moverse en diagonal. Acostumbrado a una manera
de hacer, el hombre limita sus espacios de búsqueda porque repite
las conductas exitosas y los hábitos placenteros. Para ser más
creativo deberá poder romper las reglas. Arquímedes descubrió la
idea que le hizo gritar ¡Eureka! (lo encontré) al despertar en la
bañera. Al sumergirse el agua desbordó y dedujo que los cuerpos
reciben un empuje igual al líquido que desplazan. Freud dijo que
la herejía de una época es la ortodoxia de la otra, los
parámetros de la civilización en la que nos toca vivir organizan
nuestro pensamiento. Condicionarse impide explorar ideas y
asociaciones: la mente es un sistema más complejo que cualquier
modelo computacional.
El químico
alemán August Kekule mostró el papel generador del inconsciente en
el descubrimiento. Investigando la estructura de la molécula del
benceno no lograba el resultado deseado. Una tarde se quedó dormido
y soñó que los átomos saltaban delante de sus ojos. Su ojo mental,
agudizado por las repetidas visiones de este tipo, podía distinguir
estructuras mayores, con formas diversas; largas filas agitándose
con un movimiento parecido al de las serpientes. Pero, de pronto una
de las serpientes tomó con la boca su propia cola dando vueltas
violenta y burlonamente. Como el resplandor de un relámpago, esta
visión lo despertó y pasó la noche desarrollando la hipótesis del
anillo del benceno – que probaría luego que la molécula era una
circunferencia.
Este descubrimiento dio
comienzo a la química orgánica. Kekule suponía que la molécula debía
ser una cadena abierta; no podía verla cerrada, pero su inconsciente
hizo surgir el pálpito de que si variaba el comportamiento de
los átomos alteraría el de los átomos vecinos. El espacio de
búsqueda de la química anterior no se le permitía, pero en la mente
está el principio de que lo contrario es posible; que se puede
modificar la receta de más de lo mismo, por reglas mejores.
También se puede soñar despierto.
Alexander Fleming descubrió penicilina observando la acción
antibiótica de ciertos hongos cuando una de sus placas de cultivos
fue contaminada por estos microorganismos. Se puede distinguir el
encuentro fortuito de dos ideas de la capacidad de observación. Como
dijo Pasteur el azar favorece sólo a las mentes preparadas.
Para crear el espacio futuro que
queremos habitar necesitamos combatir a la rutina, de lo contrario,
al cabo de un tiempo, nos encontraremos haciendo cosas sin saber por
qué y perderemos el contacto con el propósito original.
Fabricar la realidad
debe ser un objetivo estratégico. Aprendamos a soñar, así podremos
encontrar la verdad, sentenció Kekulé en 1890. Se trata de concretar
nuestros sueños.
La inteligencia situada. La
inteligencia situacional es la capacidad de generar valor en un
ambiente dado. La flexibilidad se refiere a la posibilidad de variar
la conducta. Un agente inteligente basa
su acción en el conocimiento, posee iniciativa para explorar y
cambiar las cosas, genera
conocimiento durante la experiencia y anticipa el curso
de los sucesos y de las metas.
El primer paso es el
contacto, la realidad está ahí, lo que importa es la percepción. El
segundo es cómo se procesa la situación, se generan alternativas y
se seleccionan. El tercer paso es la acción.
La acción inteligente
proviene de la percepción, del estado
interno del sujeto, de
sus objetivos, de integrar el conocimiento del pasado y del
presente, para intuir el futuro. El autoconocimiento es importante.
Como dijo Bernard Shaw la persona razonable se adapta al mundo,
la persona irrazonable adapta el mundo a él. El progreso depende de
la persona irrazonable.
El tiempo real impide
deliberar demasiado sobre el mérito de las acciones realizar y
cuáles serán sus efectos, porque los resultados se verán recién a
mediano o largo plazo. Muchas veces la conducta es sólo una reacción
del tipo estímulo-respuesta. Para evitarlo se puede generar una
memoria del ambiente, para
que la acción se sitúe. Se puede crear un ambiente que propicie la
toma de conciencia de los objetivos. Si p entonces q, pero
si hay varios p, hay que aprender a priorizarlos.
Conducir del presente al
futuro. Las
situaciones tienen distintos niveles de complejidad. La inteligencia
situacional es el arte de dirigir recursos y personas. Sus fuentes
son la experiencia y la intuición, a las que se suma el análisis.
El que dirige debe aprender a ser, a formar su carácter y definir
sus valores. Debe aprender a aprender tanto del texto, como de la
experiencia y del análisis de los errores. El aprender a hacer y a
convivir con situaciones y personas forma parte del aprendizaje in
situ, o trabajo de campo y a posteriori, con el análisis de la
acción.
El intelectual trabaja con
conceptos y con palabras, el hombre de acción con personas y cosas.
Entre ambos se puede generar un creactor – un personaje que
crea, conceptualiza y ejecuta-.
Los conocimientos se
adquieren en el aula mediante clases o simulacros, o analizando
casos históricos y en la
vida práctica. Los que conducen en el medio de las organizaciones
deben atraer a los de arriba, a los de abajo y a sus pares. Para eso
debe contemporizar iniciativa, lealtad y normas.
Fomentar ese espíritu
emprendedor es fundamental, para rodearse de compañeros de ruta
capaces sin apelar al poder duro de las amenazas o de la organización
formal. Es mejor el poder blando de la sugestión, de la atracción
por ideales comunes, de la inteligencia emocional y comunicacional.
En última instancia se trata de aprender lo que se necesita para
liderar. Como dijo Nietzche no hay hechos, sólo interpretaciones.
La misma situación generará alegría o depresión según la posición
del observador. Nada es verdad o mentira, todo es según el color del
cristal con que se mira.
En el marco de las
inteligencias múltiples la inteligencia espacial forma parte de las
inteligencias complementarias de la principal, que es conocerse a sí
mismo. Cómo expresara hace siglos Séneca: No hay vientos
favorables para el que no sabe a dónde quiere llegar.
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