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Educar viene del latín
“educcare” y significa sacar de adentro el potencial que
traemos al nacer. La estimulación temprana es al desarrollo cerebral
lo que el alimento para la salud. Esa capacidad no se adquiere
automáticamente. El cerebro precisa información para hacer crecer la
inteligencia en un mundo que todavía desconoce. Con poca
estimulación, irregular o impropia, nunca desarrolla su potencial.
La estimulación temprana organizada permite acceder a un alto nivel
intelectual.
Las neurociencias descubrieron la
neuroplasticidad, que es la
capacidad del cerebro de formar y reformatear redes neuronales a
partir la experiencia y a través del aprendizaje. La comunicación
entre neuronas facilita el traspaso
más eficiente y un cerebro más plástico y menos rígido.
El estómago tritura el alimento ayudado
con el jugo gástrico y llega al intestino delgado para la digestión.
El estómago intermedia en la alimentación. El
alimento rico en grasa cae como piedra en el estómago y provoca
irritación. De aquí surge la importancia de la buena alimentación.
El cerebro, como si
tuviera varios estómagos, demanda un buen menú alternativo para las
áreas visual, auditiva, táctil, olfativa y gustativa. Todas ellas
necesitan buen alimento. El área auditiva es la más difícil de
entrenar. El mar de ruidos y sonidos sin ton que recibe impide que
las voces y los sonidos relevantes lleguen al oído para que lleve al
cerebro mensajes claros. Para lograrlo hay que presentarle sonidos
fuertes que representan amenazas, el sonido de la voz humana para el
desarrollo de la capacidad de comprender la lengua y la música para
el desarrollo del oído musical.
Según la teoría de las
inteligencias múltiples todos tenemos un genio interior y una
capacidad especial. Esto implica enseñar optimizando más esa
destreza sin alterarle el tipo cognitivo. Algunos prefieren la
teoría, otros aprenden mejor en la práctica. Algunos son más listos
para escuchar, otros para leer o hacer. Es importante saberlo para
trabajar con el método que más les convenga.
Inteligencia auditiva.
Es el modo sobresaliente de
inteligencia que permite aprender el habla. Esa capacidad es propia
del área auditiva del cerebro. Es la más importante para la
actividad escolar pues ésta se centra en la escucha y en la
comprensión de mensajes orales abundantes y frecuentes.
Las fallas en la
inteligencia auditiva afectan la comprensión, el lenguaje, la
conducta y la atención y pueden hacer que un niño se vuelva triste,
depresivo, desmotivado y falto de energía.
Es el desarrollo más
complejo pero tiene la ventaja de que inicia en el vientre materno
con los estímulos sonoros. El habla y la música son sus fuentes
principales. Cuanto antes se fomente más fácil y perfecto será. La
inteligencia auditiva es la más urgente porque, en poco tiempo los
estímulos pierden eficacia. Los pequeños alcanzan la capacidad de
discriminar sonidos como propios de cada lengua y los sonidos
musicales. Hay que enseñar a usar el oído. Las claves son: la edad
temprana, la calidad y abundancia de los estímulos, su regularidad y
práctica. A los tres años se pierde nitidez en la percepción de
fonemas nuevos. Hay que estimular al bebé para grabar en su cerebro
los fonemas necesarios antes de que sea demasiado tarde, aun los de
otras lenguas.
Cómo se adquiere el oído musical.
Es poder apreciar los sonidos musicales como son y reproducir
melodías sin desentonar. Una adecuada educación auditiva en el
momento justo dota de un oído excelente. La inteligencia auditiva
para discriminar los sonidos musicales es de la misma naturaleza que
la necesaria para diferenciar los fonemas de la lengua. Una persona
con pobre oído para la música también lo tendrá para las lenguas.
Una de las formas
entrenarlo es con la música sinfónica de mejor calidad a diferencia
de la costumbre más extendida de utilizar delicadas melodías
interpretadas por un solo instrumento o por unos pocos, como el
violín, la flauta o el piano. El objetivo no es la relajación del
bebé sino el desarrollo de su audición. Sólo será posible si se
suministran estímulos correspondientes a toda la gama del espectro
sonoro, ya que el oído interno está dotado de 20 000 células
ciliares y 50 000 neuronas especializadas respectivamente en la
percepción de algunas frecuencias de sonidos y en su transmisión al
cerebro. La música orquestal producida por instrumentos que emiten
una gama muy variada de sonidos es pues la más adecuada para
estimular no a unas cuantas células, sino al conjunto de ellas y
favorecer el pleno desarrollo de la inteligencia auditiva. Las
fallas más frecuentes son: lentitud en el procesamiento de lo que se
escucha, dificultad para discriminar los sonidos, falta de
uniformidad en los umbrales de percepción, algunas distorsiones que
complican la comprensión y pueden causar tendencias depresivas, una
pobre lateralización auditiva, etc. Lo más recomendable es favorecer
el desarrollo con programas de estimulación.
El humor de la música.
El “Do
mayor”:
tiene una cualidad bastante dura pero puede provocar regocijo. Un
compositor hábil, la puede convertir en encantadora y usarla también
en casos de ternura. Do
menor:
es amable pero al mismo tiempo triste; pero se puede animar mediante
un movimiento un tanto alegre y parejo, si no, uno se podría
fácilmente somnoliento por su suavidad. Pero cuando se trate de una
pieza destinada a promover el sueño, podemos omitir esta acotación y
lograr pronto este fin del modo más natural. El oído es el órgano
más inteligente y el más arcaico y por eso mismo el más sabio,
aunque la conciencia ignore el alcance de ese saber.
Audiencia.
Es la técnica para aprender a escuchar y permite concurrir a clases
o conferencias y obtener el máximo rendimiento.
Implica oír para captar ideas y
está ligada a la oratoria como proceso inverso, para descifrar y
recordar las ideas principales que forman parte del discurso.
No hay segunda oportunidad para
la primera impresión.
El impacto de un elemento recién adquirido, es crucial para su
recuerdo. Es por ese motivo
que debemos ser conscientes de su importancia.
La expresión oral, por el entusiasmo
que genera, provoca resultados trascendentes, establece vínculos
certeros y deja sus huellas más profundas. Pero muchos
concurren a clase con un espíritu pasivo. Esa pasividad asume
diferentes formas. Algunos intentan copiar todo sin atender, otros
atienden y piden los apuntes o graban la clase. La copia
textual es imposible de realizar sin
conocimientos de taquigrafía.
Desde el punto de vista de la comprensión, esta forma no nos ayuda.
La persona que se preocupa por copiar todo no puede prestar
atención.
La única ventaja que tiene el
sistema y que en definitiva se transforma en inconveniente, es que
el alumno tiene todo lo dicho por el profesor pero le costará
demasiado trabajo comprender que fue lo principal y que lo
accesorio, porque restó jerarquía al primer contacto.
Los apuntes esquemáticos no alteran
la atención y se organizan, se reconstruyen y se graban en la
memoria con mucha mayor rapidez y precisión. Se aprende
a sintetizar en palabras claves los
contenidos. Estas palabras claves para ser tales deben traer a la
mente, una vez terminada la clase conferencia, las ideas y
pensamientos del profesor. Para hacerlo hay que dominar la
técnica 80/20 de Pareto, según la cual el 20% de lo que se dice es
lo más importante. Para eso hay que aprender a separar lo importante
de lo meramente aclaratorio. Para evitar los efectos de la curva del
olvido, hay que reconstruir la clase
a partir del diagrama, según el
principio de repetición activa.
Saber
escuchar.
El arte de
saber escuchar se ha transformado en una destreza que se puede
entrenar.
La comunicación hizo de la indefensa
criatura humana el dominador de la naturaleza.
Sin embargo, se puede
hablar sin saber decir y oír sin saber escuchar. Quizás, el hombre
fue dotado con tres orejas - dos oídos y un corazón - para saber
escuchar en lugar de atender sólo lo necesario para retrucar,
ignorar o fingir que se está prestando atención. El que sabe
escuchar mejora la calidad de la conversación. Hasta la naturaleza
parece habernos dotado de dos orejas y de una sola lengua, para
escuchar el doble de lo que hablamos. Sólo el 7 % de la
comunicación es verbal, porque las emociones se expresan en formas,
tonos de voz, expresiones y ademanes que hay que saber escuchar. Por
eso hay que observar más lo que se hace que lo que se dice.
No basta con simpatizar
con el interlocutor que es estar de acuerdo. En la empatía existe un
valor agregado: sentir lo que el otro siente, saber lo que le pasa,
detectar la congruencia entre lo que dice, piensa y corporiza. La
empatía mutua genera sintonía, altruismo, destreza social y
liderazgo.
¡Qué placer es estar con alguien así! Los
hombres son actores que expresan el libreto que la cultura les
permite. Pueden minimizar, exagerar o disfrazar emociones para no
herir. Esa capacidad produce un impacto, las emociones contagian y
se transfieren como un virus.
Quien sabe escuchar
estas señales, incrementa su poder de persuasión que se mide por el
grado de influencia. Los que se "meten en el bolsillo a la gente"
arman agendas, median en conflictos, porque saben conectarse. La
clave es aprender a realizar un identikit auditivo.
Una ética para la disputa. Hay
diálogos entre sordos o por intereses que generan un doble discurso
y modelos defensivos. Tomar conciencia facilita el diálogo
constructivo, coherente y verificable. No se trata sólo de la verdad
sino de alcanzar metas como autoestima, confianza y competencia.
Escuchar la voz de la gente. Muchos
gobiernos no escuchan la demanda de desarrollo personal, no buscan
disminuir la brecha digital. Entonces la gente no incorpora el
enorme diferencial simbólico de la apropiación tecnológica. La
crisis suele ser la excusa para la falta de políticas.
Conócete a ti mismo. Saber
escuchar la voz interior es la destreza máxima, ya que para quien no
sabe lo que quiere es indiferente al camino que elija. El peligro es
tratar de gustar perdiendo fidelidad con uno mismo. También hay que
saber escuchar al otro, compartir y contagiarse con sus alegrías
y procesar o contener sus angustias. Quien no escucha vende
productos, quien sabe escuchar vende soluciones. Las mejores
empresas escuchan al cliente porque la información les permite
transmitir el mensaje apropiado cuando les llegue el turno de
hacer uso de la palabra.
El aprendizaje de la escucha es
progresivo: reproducir el contenido, poder repetirlo con otras
palabras, descifrar las emociones, reunir los factores. El sonido
más melodioso para el oído humano es el nombre propio. Hay que
demostrar ese interés por el interlocutor a través del feedback,
repreguntando, mirando a la cara, tomando notas.
La clave es evitar el
diálogo interno mientras habla. Saber escuchar es el primer paso a
construir redes disponibles antes de usarlas: redes de comunicación,
redes de expertos y redes de confianza.
Poner la oreja. La
sensibilidad se acrecienta en estado de calma. La credibilidad crece
al entregarse al otro para poder influir después, en lugar de dar
consejos fuera de contexto. Saber escuchar exige dejar de juzgar,
crear un espacio de silencio que conecte con el potencial para
poder responder con responsabilidad sabiendo manejar las propias
emociones. Se recuerda el 5% de lo que se escucha, el 25% de lo que
se ve y el 90 % de lo que se hace. Por lo tanto, hay que escuchar
activamente, con entusiasmo, haciendo de la escucha una un acto. El
gran maestro de la escucha fue Sócrates quien escuchando lograba un
milagro: hacía parir ideas.
ILVEM te invita a asistir a una clase demostrativa GRATUITA para comprobar la eficacia del método.
*CEO de Ilvem. Mail de contacto: horaciokrell@ilvem.com.
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